viernes, 20 de septiembre de 2013

La "conclusión repugnante" en torno a la clonación humana



            La mayoría de los argumentos éticos en contra de la clonación humana no son sustanciosos. Muchos de ellos proceden de una visión teísta del mundo que, francamente, peca de mojigata. Suele advertirse que el hombre no debe jugar a ser Dios (asumiendo gratuitamente, por supuesto, que tal entidad existe), y que la hubris (el orgullo humano que muchas veces se manifiesta en la tecnología) es sumamente peligrosa. Yo tengo inclinaciones utilitaristas (pero, como explicaré brevemente, éstas deben tener un límite), en función de lo cual, me parece que la oposición a la clonación humana no debe atacar a la inmoralidad intrínseca de esta tecnología (es decir, una crítica deontológica), sino a sus consecuencias.
 
            Un argumento consecuencialista en contra de la clonación es que, se trata de una tecnología riesgosa, cuyos efectos no conocemos bien, y puede resultar en graves defectos a los clones. En una escena terrorífica y evocadora de Frankenstein, el monstruo reprocha al doctor Victor Frankenstein, el haberlo creado sin haber pensado en las consecuencias dañinas de su aventura. Y, ciertamente, el envejecimiento prematuro de la oveja Dolly, así como los múltiples intentos fallidos con embriones antes de haber logrado exitosamente la clonación, es motivo para pensar bien el asunto antes de lanzarnos a la clonación humana.
            Pero, desde el mismo utilitarismo, se ha tratado de responder a esta objeción. El filósofo Nick Bostrom postula que, aun si aparecen clones humanos deformados, ello no debe constituir un obstáculo moral. Pues, el mero hecho de existir es ya una ganancia frente a la inexistencia. Y, tal como lo postula el utilitarismo, si el imperativo moral consiste en maximizar la cantidad de bien (o felicidad, en los términos de John Stuart Mill), entonces aun con los defectos, la clonación humana es ventajosa, pues creó más gente con un mínimo grado de felicidad.
            Por supuesto, la maximización de esta felicidad debe balancearse (como bien recordó el propio Mill) con la ausencia de infelicidad. De nada sirve aumentar la cantidad de felicidad, si esto a su vez trae consigo una cantidad aún mayor de infelicidad. Si la deformación de los clones es demasiado severa como para causar sufrimiento a muchas personas, entonces obviamente esta infelicidad debe evitarse. Pero, si los clones, aun con sus defectos, alcanzan una existencia con un mínimo de bienestar, entonces su existencia suma felicidad, y en ese sentido, no es inmoral emprender el proyecto de la clonación humana.
            Desde esta perspectiva utilitarista, todo aquel proyecto que maximice la felicidad (y la clonación humana es uno de esos proyectos), ha de ser bienvenido. No obstante, aparece un problema que debe ser cuidadosamente atendido. Si buscamos la maximización de la felicidad a toda costa, fácilmente podemos incurrir en la siguiente situación: nos aseguraríamos de que exista un vasto número de personas con un mínimo nivel de felicidad, en vez de tratar de maximizar los niveles de felicidad en un número reducido de personas.
            Supongamos que hay una población de diez personas con un grado de felicidad de 9 (en la escala de 1 a 10); bajo el cálculo utilitarista, se lograrían noventa unidades de felicidad. Supongamos, ahora, que hay una población de cien personas con un grado de felicidad de 3; bajo el cálculo utilitarista, se lograrían trescientas unidades de felicidad. ¿Cuál de estas dos situaciones sería preferible? Bajo el razonamiento utilitarista, la segunda opción es más preferible. Y, así, para contribuir a la incrementación de la felicidad, no es tanto necesario maximizar las condiciones de vida de una población pequeña, sino aumentar el tamaño de una población con un mínimo de condiciones para la felicidad. Bajo este esquema, los gobiernos tercermundistas de Etiopía o Bangladesh (los cuales no hacen mucho énfasis en el control de natalidad) contribuyen más a la felicidad humana que los gobiernos progresistas de Dinamarca o Suecia, los cuales ofrecen un alto grado de felicidad a sus habitantes, pero incentivan el control del crecimiento de sus poblaciones.
 
            El filósofo Derek Parfit llama a esto una “conclusión repugnante” del utilitarismo. Es repugnante, por supuesto, en tanto el utilitarismo puede fácilmente conducir a intentar traer felicidad al mundo, sencillamente aumentando el tamaño de la población en el mundo. Parfit y otros filósofos críticos del utilitarismo no han ofrecido una respuesta definitiva respecto a cómo deben distribuirse las unidades de felicidad en el mundo. Pero, en el entretiempo, es prudente tener en cuenta sus advertencias a la hora de considerar la moralidad de la clonación humana. Pretender, como hace Nick Bostrom, que el mero hecho de existir con un mínimo de dignidad, es ya una ganancia, puede conducir a la “conclusión repugnante”. Por ello, yo sí comparto la crítica de que, antes de lanzarnos a la clonación humana, debemos estar bastantes seguros de que no habrá efectos negativos, pues aun si éstos no fueren lo suficientemente graves como para alterar el mínimo de dignidad, la mera adición de felicidad no es suficiente criterio para determinar la moralidad de una acción.

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