domingo, 19 de febrero de 2017

La obsesión con los illuminati

En un infame libro conspiranoico, el abad Augustin Barruel no sólo afirmó que la revolución francesa fue obra exclusiva de la masonería, sino que además, los masones eran en realidad los illuminati, otra sociedad secreta que ha dado mucho de qué hablar, y que frecuentemente aparece en los delirios conspiranoicos.
            Los illuminati se fundaron en Baviera, en 1776, por un tal Adam Weishaupt, un intelectual descontento con la sociedad europea. Lo mismo que los masones, Weishaupt estaba empapado de la filosofía ilustrada del siglo XVIII, pero a diferencia de los masones (que, en líneas generales, eran más favorables al status quo), se fue radicalizando. Así, Weishaupt organizó una sociedad secreta de iluminados, cuyo propósito sería conspirar contra las monarquías europeas, y finalmente, establecer un orden republicano de gran alcance. En sus planes (muchos de los cuales eran absolutamente inverosímiles), Weishaupt tenía la intención de unir a Europa en una gran república, que él vino a llamar el Nuevo orden mundial. Desde entonces, este término ha calado bien entre los conspiranoicos, sobre todo para designar proyectos internacionales de integración política, tales como la Organización de Naciones Unidas, o la Unión Europea.

            Al principio, Weishaupt consiguió varios adeptos, y fue extendiendo su influencia en varias ciudades europeas. Weishaupt no era masón, pero incorporó a su sociedad secreta algunos de los ritos masónicos para iniciar a sus miembros. Quizás como táctica proselitista, Weishaupt prometió a sus adeptos iniciarlos en secretos del ocultismo, y para ello, se valió de la cooperación de un tal Adolf Francis, barón de Von Knigge, que tenía intereses en las artes ocultas. Los intereses de Weishaupt eran meramente políticos, pero el barón Von Knigge se encargó de imbuir a los illuminati con misticismo y ceremonias elaboradas.
            No obstante, pronto surgieron algunas rencillas entre ellos, y el barón Von Knigge se retiró de los illuminati. Algunos miembros, que estaban más interesados en el ocultismo que en la agitación política, se desencantaron con Weishaupt, y finalmente, denunciaron ante las autoridades bávaras la existencia de esa sociedad secreta que conspiraba contra las monarquías. En 1784, el duque de Baviera, Carlos Teodoro, se anticipó ante esa amenaza, prohibió las sociedades secretas, y desmanteló a los illuminati. Weishaupt y otros se fueron al exilio, y nunca más se supo de los illuminati. Cabe presumir que dejaron de existir en el siglo XVIII.
            Pero, como cabría esperar, los conspiranoicos creen que, en realidad, la sociedad illuminati está viva y coleando, trama la dominación del mundo, y construye secretamente el Nuevo orden mundial. Parte de estos alegatos conspiranoicos se basan en el hecho de que los illuminati se llegaron a infiltrar en varias logias masónicas, a fin de despistar a las autoridades y evadir sospechas. También lo hicieron para influir a aristócratas masones, y a través de ellos, tratar de mover los hilos del poder. Sus actividades subversivas se hacían dentro de la masonería, y pretendían conformar algo así como una muñeca rusa: una sociedad secreta dentro de otra sociedad secreta. Algunos conspiranoicos opinan que, en la actualidad, quienes realmente controlan a la masonería son los illuminati.
            En 1789, Cagliostro, un embaucador italiano que había alcanzado influencia en varios círculos aristocráticos europeos con sus embustes, fue apresado en Roma por la Inquisición, debido a varios fraudes (la mayoría de ellos relacionados con el ocultismo). Cagliostro era masón, y confesó a sus interrogadores que los illuminati dominaban la masonería, y que estaban preparándose para destruir a las monarquías y el papado. Algunas autoridades se tomaron en serio su confesión, sin tener en cuenta que este hombre no era de fiar, y que precisamente se había ordenado su captura debido a su larga carrera de embustes y fraudes.
No es del todo falso que hubo una asociación entre los illuminati y los masones. Pero, los propios masones no tardaron en descubrir que su propia sociedad secreta estaba infiltrada por gente subversiva. Rápidamente las logias masónicas intentaron expulsar a los illuminati infiltrados en la masonería. No tuvieron éxito del todo, hasta que en 1784, el duque Carlos Teodoro definitivamente desmanteló a los illuminati. Para el momento en que Cagliostro daba testimonio, ya los illuminati no existían. Quizás algún miembro original de los illuminati quedó en las filas de la masonería, pero visto en retrospectiva, es bastante evidente que la sociedad de los illuminati no sobrevivió a la persecución de Carlos Teodoro, pues desde 1784, ya no hay noticias sobre ellos. Con todo, ya el daño estaba hecho, y surgió una de las grandes obsesiones conspiranoicas que perdura hasta nuestros días. El propio George Washington (quien era masón), estaba obsesionado con la influencia perversa y escurridiza de los illuminati en la masonería y los nacientes EE.UU, y siempre se sospechó que Thomas Jefferson (que no era masón) era uno de los illuminati. Augustin Barruel los acusó de ser los artífices de la revolución francesa, aun cuando, vale insistir, ya para ese momento no existían.
A pesar de que la idea de que los illuminati mueven los hilos del poder, siempre estuvo en las mentes conspiranoicas, la obsesión con ellos vio un renacer en la segunda mitad del siglo XX, a raíz de Illuminatus, una trilogía de novelas escritas por Robert Shea y Robert Anton Wilson. En esas novelas, se narra que Adam Weishaupt fue a EE.UU., mató a George Washington, y usurpó su identidad. Bajo esta teoría, entonces, los illuminati gobernaron EE.UU. desde sus inicios, pues Weishaupt (usurpando la identidad de Washington) se aseguró de establecer instituciones para que perdurara el control de los illuminati. En la revolución norteamericana, Washington había luchado junto al francés marqués de Lafayette (que también era masón), y luego Lafayette volvió a Francia para dar inicio a la revolución francesa. Según esta teoría conspiranoica, en ese ínterin entre la revolución norteamericana y la francesa, Weishaupt había ya asesinado a Washington, y así, cuando Lafayette llegó a Francia, estaba controlado por los illuminati. La revolución francesa, pues, fue hija de los illuminati.
La teoría se basa en el hecho de que, en efecto, hay algún parecido físico en los retratos de Weishaupt y Washington. Pero obviamente, eso está muy lejos de ser evidencia firme para respaldar una teoría tan aventurada. Es posible que los propios autores de la series Illuminatus no hubieran inventado esta historia, sino que la recogieron del folklore conspiranoico. Pero, lo cierto es que Shea y Wilson escribieron sus novelas con una clara intención satírica. Los autores buscaban burlarse de la paranoia que caracteriza a la sociedad norteamericana. Como ha ocurrido muchas veces con las sátiras, no obstante, muchos lectores no entendieron, y así, al final terminaron por asumir seriamente que, en efecto, Weishaupt había matado a Washington.   

Hoy algunos grupos se autoproclaman como los herederos directos e ininterrumpidos de los illuminati, pero históricamente, sus pretensiones no se sostienen. Por supuesto, el conspiranoico cree que el hecho de que no tengamos noticias sobre los illuminati, es precisamente evidencia de que esta sociedad secreta existe y trama algo perverso. Pero, pensar de esa forma es ridículo.

Los disparates del anglo israelismo

Desde muy temprano en la historia de las teorías conspiranoicas, a los judíos se les ha acusado de ser impostores, matar a Dios, comer niños, envenenar pozos, profanar la hostia, manipular la economía, hacer revoluciones, fingir genocidios, controlar Hollywood, tumbar edificios con aviones, y un sinfín de cosas más. Pero, empecemos por lo primero: ¿de dónde vienen los judíos? En torno a esta respuesta, algunos conspiranoicos han formulado algunas teorías que han alimentado el odio en contra de los judíos.
Según la versión bíblica, los israelitas eran descendientes del patriarca Israel, originalmente llamado Jacob. Un hijo de Jacob, José, logró asentarse en la corte del faraón en Egipto. Allí, invitó a sus hermanos, y cada uno de éstos, serían los patriarcas de las doce tribus de Israel. En Egipto, los descendientes de José y sus hermanos se multiplicaron conformando ya el pueblo de Israel. Los egipcios los esclavizaron, y bajo la conducción de Moisés, salieron de Egipto y ocuparon Canaán.

Los historiadores no confían mucho en esta historia, pues no es seguro que los patriarcas o Moisés existieran.  El consenso entre historiadores y arqueólogos es más bien que los antiguos israelitas eran un pueblo que vivía en el territorio que hoy ocupa principalmente Israel y Palestina; es decir, nunca salieron de ahí, y nunca estuvieron en Egipto. Eran tribus de pastores nómadas que se empezaron a diferenciar de sus vecinos (llamados “cananeos”) por algunas prácticas en particular; entre ellas, la prohibición de comer cerdo. Estas tribus se fueron uniendo en una confederación, y ese aglutinamiento se fue consolidando con el culto a un dios común, Yahvé. Muchos siglos después, durante el reino de Josías en el siglo VII antes de nuestra era, por circunstancias históricas y políticas muy particulares, se inventaron (o, al menos, se afinaron los detalles) las historias sobre los patriarcas y el éxodo desde Egipto.
Eventualmente, estas tribus se asentaron como Estado, y conformaron una monarquía unificada bajo los reinos de Saúl, David y Salomón. Pero, hacia el siglo X de nuestra era, la monarquía se disolvió en dos reinos, Israel al norte, y Judá al sur. En el 721 antes de nuestra era, el reino de Israel fue destruido por una invasión asiria. Las tribus israelitas estaban divididas territorialmente. En el reino de Judá estaban la tribu de Judá, la de Benjamín, y algunos miembros de la tribu de Leví. En el reino de Israel estaba el resto de las tribus. Cuando los asirios invadieron el reino del norte, deportaron a su población. Las tribus que conformaron ese reino se dispersaron, se asimilaron al resto de la población asiria, y sencillamente, perdieron su identidad israelita.
El reino de Judá logró sobrevivir la amenaza asiria, pero en el siglo VI antes de nuestra era, tuvo que hacer frente a la amenaza de un nuevo imperio, el babilónico. En el 597 antes de nuestra era, los babilonios entraron en Jerusalén, y deportaron a la población del reino. No obstante, a diferencia de las tribus del norte, las tribus del reino de Judá no se asimilaron por completo al resto de la población babilónica, y sí lograron mantener su identidad. El imperio babilónico se derrumbó ante los avances del imperio persa, y en el 539 antes de nuestra era, el emperador persa Ciro emitió un decreto permitiendo a los exiliados de Judá regresar a su patria de origen.
Esa gente que volvió a Jerusalén y sus alrededores, vinieron a ser los judíos. No obstante, no todos volvieron a su tierra de origen. Hubo judíos que se quedaron en regiones del  imperio persa, y eventualmente fueron poblando regiones del norte de África, Europa y Asia. Siglos después, los judíos sufrieron una derrota frente al imperio romano, la población fue nuevamente desterrada, y eso produjo nuevas olas migratorias hacia Europa.
Desde incluso antes de la época de Jesús, siempre hubo en la religión judía la expectativa de que, algún día, se encontrarían las tribus perdidas de Israel, y se unirían. El mito se mantuvo por siglos, pero sin mucho tesón. No obstante, a partir del siglo XVI, con la expansión colonial europea por América, África y Asia, el mito de las tribus perdidas de Israel volvió a ganar fuerza. Los exploradores europeos, al encontrarse con nativos en los nuevos territorios explorados, trataron de acomodar estas nuevas experiencias a sus esquemas mentales. Y así, muchos de ellos empezaron a alegar que, sobre todo los indígenas de América, eran en realidad descendientes de alguna tribu perdida de Israel.
En el siglo XIX, esta idea sirvió incluso para fundar una religión que crece fuertemente hoy: el mormonismo. Los mormones no creen exactamente que los indios americanos sean descendientes de alguna de las tribus perdidas de Israel, durante la deportación asiria. Pero, sí creen que, durante el exilio babilónico, una familia de judíos emigró a América, y una rama de sus descendientes son los actuales indios americanos.
Estas teorías sobre las tribus perdidas de Israel, en cierto sentido honraban a los supuestos descendientes de las tribus. Mientras que los conquistadores y colonos consideraban a los nativos personas incivilizadas, el mito de las tribus perdidas los consideraba descendientes del pueblo elegido de Dios, que por ende, eran depositarios de sabiduría y profesaban una religión muy parecida al cristianismo.
Pero, el mito de las tribus perdidas de Israel también sirvió para tratar de justificar el imperialismo, sobre todo el británico. A medida que construían el imperio donde el sol nunca de ponía, los británicos fueron divulgando la idea de que ellos eran algo así como el nuevo pueblo elegido, cuya misión era civilizar al resto del mundo, y cuyos monarcas eran descendientes del gran rey David. Y, para reafirmar aún más esa idea, se empezó a coquetear con la noción de que, quizás, los propios británicos eran también una tribu perdida.
A mediados del siglo XIX, surgió en Inglaterra el movimiento de los Israelitas británicos, o como también vino a llamarse, el anglo israelismo. En el siglo XVIII, un tal Richard Brothers había publicado panfletos explicando que, después de la deportación asiria, las tribus israelitas emigraron hacia Europa, y finalmente llegaron a la actual Gran Bretaña. Los británicos, pues, son los descendientes de los israelitas, y en ese sentido, son también el pueblo a quien Dios hizo sus promesas en el Antiguo testamento.
En 1840, John Wilson tomó estas ideas, y se encargó de expandirlas y publicitarlas aún más. Wilson estaba interesado en la piramidología. Por aquella época, había un enorme interés en las cosas egipcias, y en especial, las pirámides. Wilson creía que los patrones geométricos de las pirámides en Giza, revelan códigos secretos sobre eventos futuros. La gente interesada en la piramidología se empezó a interesar también en el supuesto origen israelita de los británicos, algunos incluso llegando a afirmar que ese origen israelita de los británicos estaba enunciado en las pirámides. Ningún científico o historiador se toma en serio la idea de que en las pirámides hay mensajes ocultos a partir de sus patrones geométricos. La piramidología opera de un modo muy similar a las teorías conspiranoicas: ve patrones donde no los hay, y establece conexiones que no existen.   
En fin, el movimiento de Wilson fue nunca se convirtió en un grupo demográficamente considerable. No convencieron a mucha gente. Sus argumentos eran muy forzados. Alegaban que algunas supuestas etimologías inglesas revelaban un origen hebreo, y así, creían demostrar el origen israelita de los británicos. Por ejemplo, decían que la palabra scot (escocés) era una derivación de Gaad (una de las tribus perdidas de Israel). A decir verdad, los lingüistas no encuentran ningún rastro semítico en la lengua inglesa. Previsiblemente, con argumentos tan pobres, la tesis de los orígenes israelitas de los británicos fue menguando, y en Gran Bretaña, casi nadie la toma en serio ya.

Pero, a inicios del siglo XX, algunos de los defensores de esta tesis emigraron a EE.UU., y ahí, el movimiento sí se asentó con más fuerza. En aquel momento, EE.UU. era una sociedad marcadamente racista. Las ideas del anglo israelismo no eran propiamente racistas. Pero, en EE.UU., sus seguidores sí le dieron un giro racista, y así, lograron calar mejor.
El movimiento del anglo israelismo en EE.UU. evolucionó hacia lo que vino a llamarse la Identidad cristiana, un grupo con intenciones de odio racial. La Identidad cristiana defendía la vieja noción de que los británicos eran descendientes de los israelitas, pero añadieron que los actuales judíos son impostores que no son los verdaderos descendientes de las originales tribus de Israel. Por dos mil años, los judíos han conspirado haciendo creer al mundo que ellos son descendientes de los patriarcas bíblicos, pero en realidad, sus orígenes son mucho más lúgubres.

Según la Identidad cristiana, los judíos proceden de una población de preadamitas, es decir, gente que vivió antes de Adán. Estos preadamitas eran gente degenerada (pues antecedieron a la creación especial de Dios), y sus descendientes, los judíos, son igualmente degenerados. El propio Satanás era un preadamita, y por ende, es ancestro de los judíos. Con sus engaños, han querido hacer creer que ellos son el pueblo elegido de Dios, pero en realidad, son hijos del diablo, tal como el propio Cristo acusó a los fariseos, según el evangelio de Juan (8:44). Los judíos conspiran para continuar el reino de Caín (quien, es hijo de Eva y Satanás en forma de serpiente, y él mismo se casó con una preadamita, convirtiéndose en ancestro de los judíos); están en alianza con los masones, los illuminati y los comunistas, y mueven los hilos del poder.

sábado, 18 de febrero de 2017

Los judíos y el libelo de sangre

La obsesión conspiranoica con los judíos tiene hondas raíces. Ya desde la antigüedad, se veía a los judíos como un pueblo con costumbres muy extrañas, que no era digno de confiar. Pero, el odio más enfermizo contra ellos empezó una vez que el cristianismo se expandió por el imperio romano.
            Ya los propios autores de los evangelios tenían animosidad contra los judíos. El evangelio de Juan no escatima en presentar a un Jesús que se enfrenta, no meramente a una facción de adversarios, sino a los judíos en general. Y el evangelio de Mateo narra que los judíos, al elegir matar a Jesús, aceptan que su sangre caiga sobre ellos.
            Esto se narra en el contexto de la escena de la liberación de Barrabás y la condena de Jesús, en la asamblea popular judía. Por complejas razones que he explicado en mi libro Jesucristo ¡vaya timo!, la mayoría de los historiadores dudan de que esa escena haya ocurrido realmente. Lo más probable es que Jesús fue condenado por el propio Poncio Pilatos, por motivos estrictamente políticos, y los judíos tuvieron muy poco que ver con aquella circunstancia.

            Pero, a partir de lo que se narra en los evangelios, y sobre todo ese pasaje del evangelio de Mateo, quedó en la imaginación cristiana la idea de que los judíos eran culpables de haber matado a Cristo. A partir del siglo II, se les empezó a llamar deicidas, asesinos de Dios. Si bien en el siglo XX el II Concilio Vaticano repudió este insulto, hasta el día de hoy aparecen de vez en cuando personajes que reprochan a los judíos por, supuestamente, haber matado a Dios.
            Si los judíos mataron a Dios, se razonaba, entonces eran capaces de hacer cualquier otra barbaridad. Si la crucifixión de Cristo fue tan sangrienta, entonces los judíos no tendrían escrúpulos en deleitarse con rituales sangrientos. A partir del siglo XI, empezó a correr el rumor de que, durante sus celebraciones de Pascua, los judíos raptaban niños para beber su sangre, y mezclarla con el pan de levadura que acompaña esa celebración. Esta acusación es hoy conocida como el libelo se sangre, pues circulaban en forma de panfletos. Se decía que el talmud (un cuerpo de comentarios judíos a la Biblia) exigía rituales de sacrificio humano, y que los judíos tenían organizaciones secretas para raptar niños a fin de cumplir estos ritos.
            La acusación es disparatada por donde se la mire. Si bien es posible que los antiguos hebreos practicaran el sacrificio humano en tiempos remotos, también es cierto que desde muy temprano los hebreos buscaron separarse de los cananeos y sus prácticas de sacrificio humano. Ciertamente el judaísmo prescribe sacrificios de animales (aunque, en realidad, se prescribe que se hagan en el templo de Jerusalén, y ese templo fue destruido en el año 70), pero de ningún modo permite sacrificios humanos. El judaísmo tiene también una repulsión por el consumo de carne humana, y por el consumo de la sangre en general.
            Hasta el día de hoy, algunos de quienes hacen estas acusaciones, alegan que, efectivamente, los judíos sólo permiten el sacrificio animal. Pero, alegan estos conspiranoicos, los judíos sólo consideran humanos a los miembros de su propio pueblo; el resto son goyim, animales. Y así, según su religión, es lícito matarlos.
            Contrariamente a lo que los conspiranoicos creen, la palabra hebrea goyim no significa animales. Significa naciones, o como tradicionalmente se traduce, gentiles. Ciertamente, podemos acusar a los judíos de ser etnocentristas, como tantos otros pueblos. Ellos dividen la humanidad en judíos y no judíos. Pero, es absolutamente falso que ellos consideren a los no judíos como animales.
            El primer gran libelo de sangre ocurrió en Inglaterra, en 1144. Europa se estaba preparando para la Segunda Cruzada. La Primera Cruzada, que se remonta al año 1095, fue una empresa militar que movilizó a miles de combatientes, con el propósito de liberar a Jerusalén del dominio musulmán. En aquella ocasión, hubo un gran celo religioso. En medio de ese fanatismo, antes de partir hacia Jerusalén, los ejércitos atacaron a muchas comunidades judías en las riberas del Rin, en Alemania. En los planes originales de los cruzados no estaba atacar a los judíos, pero el fanatismo hizo que descargaran su furia contra todo aquel que no fuese cristiano. Además, se razonaba, ¿para qué ir tan lejos a combatir infieles, si en la propia Europa también había infieles que merecían ser pasados por el filo de la espada?
            Esa actitud tan combativa contra los judíos apareció nuevamente en la convocatoria de la Segunda Cruzada. En ésta, Inglaterra tuvo mayor participación. Y así, en el ánimo contra los judíos, ocurrió un episodio lamentable. Un niño cristiano, William, apareció muerto en la localidad de Norwich. Según parece, se culpó a los judíos de haber raptado al niño, para matarlo y beber de su sangre como parte de sus rituales. El sheriff local dio protección a los judíos, y el asunto no pasó a mayores, pues nunca se supo quién fue el culpable de aquel atroz crimen.
            Pero, tiempo después, un tal Tomás de Monmouth narró la historia con tremendo sensacionalismo, añadiendo detalles que envilecieron a los judíos. Según el conspiranoico Tomás, había en Europa una red de judíos que anualmente se reunía para decidir en cuál ciudad europea se raptaría a un niño cristiano para matarlo y beber su sangre. En 1144, ese concilio judío había decidido que el sangriento ritual se haría en Norwich. Según Tomás, del mismo modo en que los judíos se regocijaron crucificando a Jesús, así crucificaron al pequeño William.
            A partir de esa crónica, en torno a William surgió un culto de peregrinos. Se alegaba que William hacía milagros, y naturalmente, los devotos se tragaban completo el cuento sobre la conspiración judía y los sacrificios rituales. El caso de William dio paso a otras historias similares, con el mismo patrón: un niño aparecía muerto, e inmediatamente, se formaba la leyenda de que los judíos habían organizado el rapto, con fines rituales. La Iglesia no avalaba estas acusaciones propiamente. Pero, sí promovía la veneración de estos niños mártires: Hugo de Lincoln, Simón de Trento, Haroldo de Gloucester, los niños de Fulda, y otros más.   
            ¿Por qué se creían estas cosas? Los historiadores han explorado algunos motivos. Quizás, los cristianos tenían ellos mismos alguna ansiedad con el canibalismo simbólico de la eucaristía, y así, terminaron por proyectar el canibalismo real a sus propios vecinos, los judíos. Es posible también que los primeros cruzados, al ver que los judíos se suicidaban y mataban a sus propios hijos antes de acceder a la persecución religiosa, terminaran por creer que si los judíos eran capaces de matar a sus propios hijos, eran mucho más capaces de matar a niños cristianos. O, también, al ver a los rabinos chupar sangre en el ritual de la circuncisión con recién nacidos, los cristianos se imaginaban que los judíos bebían sangre de niños cristianos en rituales más crueles.
            En fin, a medida que Europa se iba modernizando, las poblaciones dejaban de creer en estas tonterías. Hasta el siglo XX, hubo libelos de sangre, sobre todo en Rusia; pero, en líneas generales, las autoridades no daban crédito a estas teorías conspiranoicas, e incluso regímenes marcadamente antisemitas, como el zarista en Rusia, hacían lo posible por erradicar estas creencias en el populacho.
En la Edad Media, el mundo cristiano era muy hostil a los judíos, mientras que el mundo musulmán, al menos comparativamente, era mucho más condescendiente con los judíos. Pero, a medida que en Europa se dejaba de creer en los libelos de sangre, en el Medio Oriente esta teoría conspiranoica cobraba fuerza, y hoy, es bastante común en los países árabes.
En 1840, hubo un caso que, como el de William de Norwich en Europa, marcó  en el Medio Oriente el inicio de la histeria colectiva en torno a los supuestos rituales de sangre de los judíos. Ese año, en Damasco, se encontró muerto a un monje católico capuchino, el hermano Tomás. Con la instigación de su orden capuchina, empezó a correr el rumor de que Tomás había sido raptado por nueve judíos, para llevar a cabo el cruel ritual de extraer la sangre y beberla como parte de su celebración de pascua. A estos judíos se les torturó, y confesaron.
Pero, a medida que se desarrollaba el caso, hubo grandes implicaciones políticas. Siria estaba bajo el control de Muhammad Ali, un caudillo que gobernaba desde Egipto, con el apoyo de los franceses. Ali se enfrentaba al imperio otomano, que contaba con el respaldo de los briánicos. Desde Napoleón, los franceses habían tomado importantes medidas para liberar a los judíos de muchas discriminaciones. Y así, con presiones inglesas, los franceses intervinieron para negociar con Ali la liberación de los judíos acusados (dos de los cuales habían muerto a causa de la tortura). Francia y Gran Bretaña, en su autoproclamada misión de civilizar al mundo, alegaban que un país moderno y civilizado no podía permitir la formulación de acusaciones tan fantasiosas, propias de la mentalidad medieval.
No obstante, la liberación de esos judíos se debió al cálculo del propio Ali, quien previendo una confrontación con el imperio otomano, trató de buscar aliados en los poderes europeos, y por ello accedió a la solicitud de negociación de los franceses y británicos. Hoy hay una percepción generalizada en el mundo musulmán de que el monje Tomás sí fue raptado por los judíos para llevar a cabo su macabro ritual, y que estas abominaciones siguen ocurriendo en la actualidad.
Es un hecho histórico que, frente al caso de Damasco, los judíos en Europa se empezaron a organizar para socorrer a aquellos judíos que sufrieran atropellos en otros países. Eso, lamentablemente, dio pie a la teoría conspiranoica, más o menos difundida en el Medio Oriente, según la cual, los poderes imperiales europeos interfirieron para dejar libres a esos judíos de Damasco que, en realidad, eran culpables. De acuerdo a estos conspiranoicos, los gobiernos europeos estaban controlados por familias de banqueros judíos (sobre todo los Rothschild) y ellos se aseguraron de proteger a aquellos que practicaban abominaciones rituales.

La verdad es que, como en el caso de los supuestos rituales de satanismo en EE.UU. a finales del siglo XX, los libelos de sangre no tenían ningún fundamento. Eso no quiere decir que, en la historia de la humanidad, no ha habido prácticas de sacrificio ritual o canibalismo. Algunos antropólogos, en su empeño por remediar los abusos del colonialismo, han defendido la idea de que el canibalismo y el sacrificio humano eran inventos de la mente colonialista que atribuía a los indígenas estas abominables prácticas. Estos antropólogos alegan que la idea de que hay pueblos caníbales o que practican el sacrificio humano, es en sí misma una teoría de la conspiración. Pues, supuestamente, nunca nadie ha visto directamente una ceremonia de ese tipo: los exploradores siempre oían a los nativos decir que sus vecinos eran los caníbales, no ellos.

 Lamentablemente, estos antropólogos se equivocan. Algunas teorías conspiranoicas sí resultan ser verdaderas. Y, es un hecho indiscutible que entre los aztecas, algunos pueblos nativos del Pacífico, y los druidas de Inglaterra, sí hubo canibalismo y sacrificios humanos. Para esto, hay muchísima evidencia arqueológica, forense y documental. Lo que distingue a una teoría conspiranoica verdadera de una falsa es, precisamente, la evidencia. Y, si bien hay mucha evidencia para asegurar que los aztecas en sus pirámides sí abrían el pecho de sus víctimas para sacarles el corazón, no hay evidencia para decir que los judíos crucificaban a niñitos cristianos para untar su sangre con el pan sin levadura.

sábado, 11 de febrero de 2017

Las manipulaciones de "Sabino vive", de Carlos Azpúrua

            El conflicto entre ganaderos e indígenas yukpa en la Sierra de Perijá, en Venezuela, es muy viejo. Chávez quiso meter sus narices en ese zaperoco, y llegó a pronunciar una frase que los demagogos indigenistas repiten hoy hasta la saciedad: “Entre los terratenientes y los indios, que no cabe duda de que estaremos a favor de los indios”. La frase ha resultado muy lamentable, porque a partir de ella, se ha interpretado que los indios, hagan lo que hagan, siempre tendrán la razón. Y así, si bien muchos reclamos indígenas son justos, es innegable que ha habido líderes indígenas que han asumido conductas criminales, y que en nombre de la resistencia indígena contra los quinientos años de colonialismo, chantajean y sacan provecho.

            La película Sabino vive, de Carlos Azpúrua, es en buena medida una continuidad de esa demagogia indigenista que está dispuesta a defender a los indios a toda costa, sin importar cuán deplorables sean las conductas de algunos de sus líderes.
            El film está bien editado y nunca aburre, aunque asombra la enorme cantidad de errores ortográficos que aparecen en la pantalla. No me extrañaría que alguien como Azpúrua piense que la Real Academia Española es un instrumento de dominación colonial para oprimir a los pueblos de América, y que por ello, es innecesario seguir las reglas ortográficas. En fin, ojalá Azpúrua alcance a ver que no es demasiado difícil corregir las faltas ortográficas en su película: basta con someter las frases a un corrector automático.
            La película intenta ser un retrato del cacique yukpa Sabino Romero, asesinado en 2013. Parte de la demagogia indigenista consiste en decir que, antes del contacto con la malvada civilización occidental, todo era hermoso; luego llegó el hombre blanco, y lo estropeó todo. Esta idea, presentada en una comedia como Los dioses deben estar locos, es repetida una y otra vez por Lusbi Portillo, un profesor de la Universidad del Zulia que aparece entrevistado a lo largo de la película.
            En una de las entrevistas, Portillo dice que antes de que llegaran los misioneros, los yukpa eran felices con sus comidas y ropas tradicionales. Pero entonces, empezaron a traer pantalones, camisas, fideos y azúcar, y así, estropearon el paraíso terrenal indígena. Esa idea romántica del buen salvaje es cuestionable, pero por ahora, no me propongo debatirla. Con todo, quedé estupefacto cuando, en esa misma entrevista, ¡Portillo se queja de que los misioneros también trajeron libros! Es razonable decir que los fideos y el azúcar son dañinos. Pero, ¿los libros? Esto es muy revelador de un gran vicio del indigenismo: en su empeño de idealizar todo lo anterior a la llegada del hombre blanco, terminan por despreciar cualquier ventaja de la civilización occidental, incluyendo la escritura.
            Nunca quedó clara la muerte de Sabino Romero: los autores materiales están presos, no así los intelectuales. Azpúrua se apresura a acusar, sin pruebas, que los autores intelectuales fueron algunos ganaderos de Machiques. Puede, como puede no ser. Azpúrua debería ser más cuidadoso en lanzar acusaciones tan ligeramente.
            Desde hacía muchos años, a Sabino Romero se le acusaba de robar ganado. Portillo lo defiende a toda costa. Romero estuvo preso un tiempo, y los robos de ganado en la zona de Perijá seguían. A partir de eso, Portillo decía que eso era evidencia de que Sabino era inocente. Portillo, obviamente, es incapaz de razonar como cualquier detective lo haría. Si se coloca preso a un violador, ¿significa eso que las violaciones en el mundo cesarán? Por supuesto que no. Del mismo modo, que el robo de ganado no cese, no es de ningún modo evidencia de la inocencia de un ladrón de ganado.
            Lo más asombroso es que, en la película, el propio Sabino admite haber robado ganado. Su argumento es el mismo que se repite en toda su retórica: él es indio, y todo lo que hay en Perijá es de él, porque eso era de sus ancestros. Por ende, al robar ganado, no está tomando nada que no le pertenezca. Y así, aplica el mismo argumento a las tierras: él tiene el derecho a tomar violentamente las tierras, porque antes de que llegara Colón, su tatarabuelo era el dueño.
            Acá es donde empieza el chantaje. Ciertamente, en la conquista de América hubo toda clase de atropellos. Pero, ¿autoriza eso a un indio actual invadir unas tierras, por una injusticia cometida hace quinientos años? ¿Estaría Azpúrua dispuesto a entregar su casa en Caracas porque el terreno donde está ubicada, fue territorio indígena antes de que llegaran los conquistadores?
            El gobierno de Chávez, cabe admitirlo, trató de hacer un reparto más organizado de las tierras, y sentó en mesas de negociación a los terratenientes y los indígenas. En ese proceso de demarcación de tierras, Sabino Romero tuvo un enfrentamiento con otro cacique yukpa, y en un altercado, una hija del cacique rival murió.
            A raíz de este suceso, las autoridades venezolanas arrestaron a Sabino. Azpúrua manipula vilmente, al sugerir en su película que la orden de arresto fue influida por los terratenientes de Perijá, y que fue exclusivamente un intento por neutralizar a Sabino en su lucha social. Eso es absolutamente falso. Sabino estuvo preso porque, según algunos testigos, él mismo participó en la muerte de la hija del cacique rival. Azpúrua, de forma muy irresponsable, jamás menciona ese hecho. Incluso, en aquella época, la propia ministra de los pueblos indígenas, Nizia Maldonado (que aparece muy fugazmente en la película, pero nunca es entrevistada), aclaró que había elementos para imputar a Sabino, y que la lucha social indígena no podía hacerse matando a menores de edad.
            Nunca quedó claro si Sabino fue culpable o no de la muerte de la hija del cacique rival. Al final, supuestamente por falta de pruebas (pero, también debido a una enorme presión por parte de grupos indigenistas), Sabino fue liberado. Sea como sea, lo cierto es que Sabino tenía un amplio historial de hechos violentos, y Azpúrua lo trata de disimular a toda costa. Por ejemplo, el fraile Nelson Sandoval, de la misión del Tokuko, ha narrado cómo Sabino, en más de una ocasión, lo amenazó de muerte. Azpúrua no se molestó en entrevistar a Sandoval, un misionero de larga trayectoria en la región.
            La manipulación de Azpúrua no se limita a eso. En entrevistas con el político colombiano Gustavo Petro, se da a entender que los terratenientes de Perijá están asociados con los paramilitares de Colombia, y los carteles de la droga. La actividad de los paramilitares en Perijá sí existe. Pero, los paramilitares son apenas un grupo, entre muchos otros que operan en esa zona. Ha habido muchísimas denuncias de operaciones de las FARC y el ELN en Perijá, pero de nuevo, Azpúrua prefiere evadir todo esto. Petro sugiere que el narcotráfico colombiano opera exclusivamente con los paramilitares; una mínima revisión histórica revelará que eso es falso: el narcotráfico en Colombia empezó más bien con los comandantes guerrilleros, quienes decían que el narcotráfico era legítimo, pues era una forma de destruir a la burguesía del imperio.
            En la película hay también una breve mención del contrabando de gasolina venezolana a Colombia. No entiendo qué relevancia tiene eso con la vida de Sabino Romero. En todo caso, no cabe negar que ese contrabando efectivamente existe. Pero, lo que Azpúrua no menciona es que el causante de ese problema fue el propio gobierno de Chávez, al subsidiar la gasolina de tal manera, que alimentó ese negocio.

            Azpúrua también manipula colocando imágenes del paramilitar colombiano Mancuso con Álvaro Uribe, y luego, imágenes de Uribe con Leopoldo López. Azpúrua quiere dar la impresión de que Leopoldo López (un preso político a todas luces, cuya condena fue violatoria de los derechos humanos) es un paramilitar y que, de algún modo, tuvo algo que ver con la muerte de Sabino Romero. Calumnias.

            Según se narra en la película, las sentencias a los asesinos materiales de Sabino fueron muy leves. Si esto efectivamente es así, las autoridades venezolanas deberían interceder en el caso, y tomar medidas correctivas. Pero, la película de Azpúrua no contribuye a la justicia. Pues, en vez de presentar los hechos como verdaderamente ocurrieron, manipula y omite. Sabino fue un luchador social, pero su forma de proceder fue cuestionable en muchos sentidos. Azpúrua, con sus sesgo indigenista, prefiere pintar en colores rosas a un cacique que, a decir verdad, tuvo también un lado muy oscuro. Es una lástima, pues Azpúrua demuestra tener buenos talentos cinematográficos; lamentablemente, su sesgo ideológico le quita calidad a la película.

Hugo Chávez y Lyndon Larouche

            Desde los días de su campaña mediática, llena de frases agresivas e impactantes, Donald Trump ha sido comparado con Hugo Chávez. La comparación no viene tanto en sus ideologías, sino en sus estilos: populistas, irreverentes, simpáticos, agresivos. En otro artículo, yo he advertido que, en aspectos puntuales de sus propuestas políticas, también hay paralelismos: anti-globalización, anti-OTAN, anti-comercio, influencia de Putin, etc.
            Pero, por encima de Donald Trump, hay un oscuro político norteamericano que es más comparable con Chávez: Lyndon Larouche. Como Trump, Larouche es un populista. A diferencia de Trump, Larouche se ha paseado por la extrema izquierda y la extrema derecha. En su vena populista, Trump de vez en cuando formula teorías de conspiración: el calentamiento global es un invento de los chinos, el sistema electoral es corrupto, etc.; pero, en líneas generales, Trump no convierte a las teorías conspiranoicas en el eje de su estilo político. En cambio, para Larouche, la conspiranoia sí es lo central en su actividad política. En esto, Chávez se parece más a Larouche que a Trump.

            Según Larouche, hay una gran conspiración mundial que empezó en la filosofía griega. Platón defendía valores humanistas de rectitud moral; Aristóteles, en cambio, al negar la teoría platónica de las formas, incitó el relativismo y la corrupción. Los británicos, con su forma utilitarista de pensar las cosas, abrazaron la filosofía de Aristóteles, y con su imperio se encargaron de difundir por el mundo la degradación del pensamiento, exportando hedonismo y perdición. Las guerras del opio en el siglo XIX son evidencia de ello. El imperio británico da la apariencia de haber sido desmantelado, pero sigue vivito y coleando, nuevamente exportando drogas. La reina Isabel II domina el mundo a través de un cartel de narcotráfico. Los británicos organizaron los ataques del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, junto a los culpables de siempre, los judíos. Esto es apenas la punta del iceberg. Larouche ha disparado muchísimas más acusaciones sobre complots que, en el clásico estilo conspiranoico, forman parte de un plan unificado, y como no podía ser de otra manera, incluye a los illuminati y a cultos satánicos.
            En EE.UU., predomina aquello que el politólogo Richard Hofstadter llamó el “estilo paranoico de la política”, del cual Larouche es el máximo representante. En América Latina, este estilo no es tan prominente. Pero Chávez, por encima de cualquier otro caudillo de nuestra región, se encargó de popularizarlo. Fueron muchas las teorías conspiranoicas defendidas por Chávez, y sus seguidores se encargaron de expandirlas: el hombre nunca llegó a la luna; a Bolívar lo mataron; en Marte hubo vida pero el capitalismo acabó con ella (al principio, yo pensé que Chávez lo decía en broma, pero luego descubrí que muchos de sus seguidores se lo tomaban en serio); la CIA inoculó el cáncer a varios mandatarios en nuestra región; el reggeaeton es un invento yankee para degradar a nuestra juventud; Roosevelt sabía sobre el ataque a Pearl Harbor y no hizo nada. Y, por supuesto, Chávez convirtió en rutina alegar que había un complot para asesinarlo, sin jamás ofrecer evidencia o precisar detalles.
            Las mentes conspiranoicas, como las de Chávez y Larouche, no encajan bien en ideologías políticas convencionales. Los simpatizantes de Larouche están en la extrema derecha y la extrema izquierda. Los de Chávez también. A pesar de que eventualmente en torno a Chávez se construyó una imagen de izquierdismo, lo cierto es que, cuando su popularidad creció tras el intento de golpe de Estado en 1992, el pueblo venezolano no sabía bien a qué bando ideológico él pertenecía. Muchos simpatizantes del autoritarismo de derecha votaron por él. El propio Fidel Castro tenía sus reservas, pues veía en Chávez a un gorila militarista de derecha, como tantos ha habido en Améria Latina. Una vez elegido, Chávez fue girando hacia la izquierda, pero nunca rompió lazos con la extrema derecha: se hizo amigo de Ahmidineyyad, un espécimen ultraderechista que compartía el gusto de Chávez por la conspiranoia y el antisemitismo, al alegar que el Holocausto nunca ocurrió.

            Chávez ya no está con nosotros, pero su estilo conspiranoico ha quedado como legado. Personajes como Mario Silva han llevado la conspiranoia a niveles inéditos en este país (Silva alega que Globovisión transmite mensajes subliminales, que el Mossad fabricó conversaciones en las que él habla mal de Diosdado Cabello, y así, un sinfín de teorías absurdas). El chavismo ha sido lo suficientemente cauteloso como para no permitir a piltrafas como Silva ocupar cargos públicos.

Pero, aunque de forma más moderada que Mario Silva, a Nicolás Maduro también la gusta la conspiranoia. Venezuela está en crisis, y es por una razón muy sencilla: en los años de bonanza petrolera, Chávez desperdició nuestros recursos y tercamente trató de regular todos los aspectos de la economía. Ahora que el precio del petróleo está bajo, sufrimos las consecuencias. En vez de reconocer el error del pasado y corregir, Maduro acude a la misma conspiranoia de siempre: hay una guerra económica (nunca se precisa quién está detrás y cómo opera este supuesto complot), el sionismo y la CIA traman algo, hay grupos de agitación y sabotaje procedentes de Europa Oriental, etc. Tal como lo sugirió Umberto Eco en su gran novela El péndulo de Foucault, las teorías conspiranoicas son divertidas, y supongo que personajes como Larouche, Chávez y Maduro, las disfrutan. Pero, el propio Eco se encarga de demostrar cómo, a la larga esta diversión se vuelve perversa y tremendamente destructiva. El caso de Venezuela es emblemático.

miércoles, 8 de febrero de 2017

"Operación avalancha": conspiranoia entre el cachondeo y la seriedad

En El péndulo de Foucault, la gran novela de Umberto Eco, los protagonistas inventan una teoría de la conspiración, por pura diversión. Al final, les sale mal la jugada, pues se vuelven locos y la terminan creyendo, y la novela es en buena medida una advertencia sobre los peligros de la conspiranoia. Pero, Eco precisamente empieza por admitir que las teorías conspiranoicas pueden ser divertidas. Nuestro cerebro está programado para gozar con ellas.
            Matt Johnson, el director del film Operación avalancha, es uno de ésos que se deleitan con teorías conspiranoicas. Él mismo acepta que el hombre sí llegó a la luna. Pero, como los personajes de Eco, se divierte abandonando su lado racional, y especulando cómo se habría dado la conspiración lunar. Los filmes conspiranoicos hechos por gente que cree en sus propias teorías, son muy malos. Pero, Johnson ha demostrado que, en plan de cachondeo, se puede hacer una buena película conspiranoica. Johnson aprovecha la ocasión para, medio en broma, medio en serio, alertar sobre algunas conspiraciones que sí estuvieron planteadas durante la Guerra Fría.

            Operación avalancha mezcla los géneros del falso documental con escenas dramáticas, para contar la historia de dos jóvenes aspirantes a cineastas, que son reclutados por la CIA en 1968. Su misión es posar como directores de un documental sobre la NASA, para en verdad tratar de detectar a un espía ruso en la agencia espacial. En el trascurso de sus investigaciones, al espiar conversaciones privadas, descubren que la NASA tiene la capacidad de orbitar la luna, pero no tiene la capacidad de hacer llegar la nave espacial a la superficie lunar. A los muchachos se les ocurre plantear a sus superiores, usar sus talentos cinematográficos para grabar un film de astronautas llegando a la luna.
            Tienen algunas dificultades en detalles cinematográficos. Pero, para resolverlos, acuden a Stanley Kubrick (quien aparece en el film, con la misma técnica de efectos especiales que se usó para plasmar a personajes famosos en Forrest Gump) a través de un engaño, y aprendiendo de sus técnicas en su set de grabación, logran grabar la escena de la llegada a la luna. Al final la CIA transmite la grabación, pero para guardar el secreto, mata a uno de los muchachos; el otro logra escapar.
            La película está nutrida en detalles de las teorías conspiranoicas sobre la falsa llegada del hombre a la luna. Pero, a diferencia de muchas de estas teorías, la película hace un buen esfuerzo en tratar de llenar los vacíos explicativos. Por ejemplo, en el folklore conspiranoico, siempre ha corrido el rumor de que Kubrick (un tipo muy misterioso, que por aquella época, rodaba una película sobre astronautas, 2001 Odisea espacial), fue el director de la película. Pero queda el vacío explicativo: ¿por qué la CIA no acabó con él? El film resuelve este asunto alegando que Kubrick participó en la conspiración, pero sin que él mismo lo supiera.
            Otro gran vacío explicativo común en estas teorías conspiranoicas es: ¿cómo explicar que, ante semejante conspiración que involucró a miles y miles de personas, nadie nunca dijo nada? La película alega que, en realidad, en la conspiración sólo participó un puñado de gente. Los propios ingenieros y técnicos creían que los astronautas habían llegado a la luna, pues cuando la nave espacial estaba del lado oscuro de la luna, no tenían posibilidad de rastrearla; los únicos que sabían de la conspiración eran los dos jóvenes cineastas (y uno de ellos murió), algunos agentes de la CIA, y los astronautas.
            En medio de todo este cachondeo, Johnson introduce algunas cosas más serias. Antes de ir a su misión de espionaje en la NASA, los dos protagonistas tenían la misión de investigar si Kubrick era un comunista. En la Guerra Fría, esto no fue ninguna fantasía: desde los días del infame MacCarthy, el gobierno de EE.UU. había investigado a sus ciudadanos por el temor al comunismo. Hoy, si bien el enemigo comunista no existe, las filtraciones de Snowden revelan que el gobierno norteamericano espía a sus ciudadanos como nunca antes.
            En la película también se menciona una tal operación Northwood por parte del gobierno norteamericano, la cual se planteaba hacer operaciones de bandera falsa, para culpar a Cuba de terrorismo, y así tener un motivo para invadir la isla. Como corolario, la operación Dirty Trick (truco sucio) se planteaba culpar a Cuba si la nave espacial del astronauta John Glenn se estrellaba. En Operación avalancha, un agente de la CIA advierte que si los jóvenes fracasan en la realización de su película, derrumbarían la nave del Apollo 11, y culparían a los soviéticos. De nuevo, en plan de cachondeo, Johnson aprovecha para dirigir su atención a conspiraciones reales que estuvieron planteadas, pero que nunca se concretaron.
            Operación avalancha es una película inteligente, en buena medida porque se burla de todos por igual. El aspecto bufón de la película es una burla a los conspiranoicos que no alcanzan a ver lo ridículas que son sus teorías. Pero, al mismo tiempo, es una burla a aquellos ingenuos que por el mero hecho de que haya conspiranoicos diciendo estupideces, asumen que se pueden confiar ciegamente en los gobiernos y los medios de comunicación.

sábado, 4 de febrero de 2017

Los orígenes de la masonería

      1793 fue un año que conmocionó a Europa. Tres años y medio antes, una turba había asaltado la prisión de la Bastilla, en París. Empezaba así la revolución francesa. Al principio, no se sabía muy bien cómo acabaría aquello. Quizás, pudiera haber reformas que condujeran a Francia hacia una monarquía constitucional, más o menos como se había hecho en Inglaterra. Pero, las cosas se fueron dando de forma muy distinta. El rey Luis XVI, en vez de cooperar con los revolucionarios y estar dispuesto a ceder parte de su poder, se empeñó en mantener su absolutismo y enfrentarse a toda costa a la revolución, y lo terminó por pagar caro. El 21 de enero de 1793, Luis fue llevado a la guillotina.
            No era la primera vez que un rey europeo era ejecutado. Ya los ingleses lo habían hecho con Carlos I en 1649. Pero, la ejecución de Luis causó mucho más conmoción, porque daba inicio a lo que luego vino a llamarse el reinado de terror, un período de la revolución francesa cuando se ejecutaba cotidianamente a disidentes. Y, como suele ocurrir, ante las catástrofes, la mente humana busca explicaciones que den significado a las cosas. Así es como surgen las teorías conspiranoicas. Ante el trauma generado por el reinado de terror, empezaron a proliferar rumores sobre quién estaba detrás del caos que se estaba apoderando de Francia.

            Cuenta una leyenda posterior que, ese 21 de enero de 1793, con la cabeza guillotinada de Luis XVI en la mano del verdugo, alguien en la turba gritó: “Jacques de Molay, tu muerte ha sido vengada”. Según otra leyenda, en la hoguera, Jacques de Molay (el último maestre de los templarios) había maldecido a Felipe IV y Clemente V, y en el contexto de la revolución francesa, mucha gente empezaba a interpretar que aquella maldición se extendía a los reyes franceses. Así pues, la ejecución de Luis XVI habría sido la vindicación de Jacques de Molay.
            El rumor creció. Y, se empezó a decir que los templarios habían sobrevivido la purga de Felipe IV, se habían transformado en una nueva sociedad secreta, y habían instigado la revolución francesa, con el puro afán de generar caos y destrucción. Ya incluso desde antes de la ejecución de Luis XVI, circulaba esta teoría conspiranoica. En 1792, un tal Cadet de Gassicourt publicó La tumba de Jacques de Molay, un libro que exponía cómo, supuestamente, en sus años de prisión, el propio Jacques de Molay planificó la revolución que azotaría a Francia cuatro siglos después. Según este libro, los templarios se convirtieron en los masones, y éstos eran los artífices secretos de la revolución.
            Más influyente aún fue el abad Augustin de Barruel, un jesuita francés exiliado en Inglaterra, que en 1798 publicó Memorias para servir la historia del jacobinismo. Bien podríamos considerar este libro el primer tratado moderno de conspiranoia. En medio de ataques a Voltaire y otros filósofos de la Ilustración, el abad Barruel repetía la acusación: los templarios lograron sobrevivir, y se convirtieron en los masones. Barruel daba crédito a todas las acusaciones arrojadas originalmente contra los templarios, y las repetía contra los masones. A su juicio, esta sociedad constaba de blasfemos insolentes que, al final, habían logrado el propósito que se habían planteado desde un inicio: destruir a la monarquía francesa y a la Iglesia Católica. Desde entonces, en muchos países ha habido una obsesión paranoica con los masones, y sus supuestas tramas para dominar el mundo.
            ¿Quiénes son los masones? Originalmente, los masones eran gremios de albañiles refinados que trabajan en la construcción de catedrales medievales en Europa. En la albañilería, hay trabajos refinados que requieren más destreza. Para proteger sus sueldos y cobrar más que los albañiles rudimentarios, estos albañiles refinados se conformaron en torno a organizaciones laborales que les garantizaban mejores condiciones de trabajo y salario. Pero, en vista de que en la Edad Media no había nada parecido a cartillas de identidad, estos albañiles empezaron a formular códigos secretos (señas, gestos, saludos con la mano, etc.), a fin de que ningún foráneo pudiese usurpar el gremio y gozar sus beneficios.
            Con un grupo cerrado, además, los albañiles podían comunicarse entre sí conocimientos geométricos y secretos respecto a las artes de la albañilería y la construcción. Ese privilegiado acceso a esos secretos los protegía frente a albañiles de menor rango, y así, podían asegurar mejores contratos laborales.
            Eventualmente, estos gremios desaparecieron a medida que cesaba la construcción de las grandes catedrales. Pero, en el siglo XVIII, resurgieron, no ya como un gremio de albañiles, sino como pensadores que se reunían en grupo para actividades intelectuales y de filantropía, y asumían el simbolismo original de la albañilería refinada. El XVIII fue el siglo de la Ilustración. A lo largo y ancho de Europa, los intelectuales se reunían en salones y cafés a discutir temas relacionados con el iluminismo.
En este contexto, surgieron asociaciones para reunirse a hacer cosas parecidas. Pero, estas nuevas asociaciones asimilaban los códigos y el simbolismo de los gremios medievales de albañilería, y así, se conformaban como sociedades secretas. Surgió así la llamada masonería especulativa  que se dedicaba, ya no a la albañilería, sino al cultivo del intelecto y a las obras de filantropía, pero con el decoro simbólico de los antiguos masones operarios. Estos nuevos masones utilizaban ritos y símbolos asociados con la albañilería, para dar lecciones morales a los neófitos iniciados en su sociedad.
En 1717, varias de estas asociaciones alojadas en Inglaterra se unieron bajo la Gran Logia de Londres. Así, ya no se trataba meramente de pequeños grupos dispersos, sino que se intentaba dársele una organización centralizada. Para este propósito, un ministro presbiteriano inglés, James Anderson, compuso Las constituciones de los masones, un texto que codificaría las normas de conducta de los masones. Básicamente prescribe buena conducta por parte de sus miembros, prohíbe la entrada a las mujeres, y exige que profesen la creencia en Dios, sin necesidad de especificar detalles religiosos. Pero, más allá de esa profesión de fe, este documento (y, desde entonces ha quedado establecido así en la masonería, excepto en la vertiente francesa) también requería a los masones no hablar de política o religión en las logias. Los masones buscan la armonía y la fraternidad entre sus miembros, y saben muy bien que esos dos temas son explosivos, y pueden estropear una placentera reunión social.

Por aquella época, se empezaba a hacer común entre los filósofos europeos el deísmo, la creencia en un Dios creador del universo, pero que no interviene en los asuntos humanos. En concordancia con esta idea, la masonería estipulaba que sus miembros creyesen en un poder divino que ellos vinieron a llamar el Gran Arquitecto del Universo, un título con bastantes resonancias deístas. Pero, en el fondo, los masones tenían una actitud muy tolerante respecto a los credos religiosos. Con tal de que se reconociese la existencia de ese Gran Arquitecto, se permitía al masón profesar cualquier fe religiosa. De hecho, en la formulación de rituales de iniciación, se incluye en la sala algún texto sagrado, sea la Biblia, el Corán, textos hindúes, etc.